CARTEL 2017 – El idioma imposible

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A veces llueve, y a veces el viento arrastra papeles en calles protegidas, se apagan luces y tiemblan sombras. La radio ronronea inagotable noticias, melodías solicitadas y bobos anuncios de Lavaman en el húmedo patio de la pensión. La línea. «No la cruces nunca», me decía Ballesta. «En el otro lado de la línea te equivocas, elijas el sentido que elijas», insistía Ballesta. «La tarea no consiste ya en equivocarse, sino en ocultarte», aconsejaba Ballesta. La línea. Es abril de 1977 y me hallo al otro lado de la línea, el incierto lugar donde me ha empujado la sombría tutela de los justos, Ballesta. Ahora todo está al revés y debo disponer un espejo frente al espejo para huir en la dirección adecuada. Ocultarme. Sustituirme. Las noticias de intriga política son campanas a lo lejos y anuncio de tormenta los lemas rimados por la masa en una calle principal. A veces llueve, a veces se humedece el pavimento, a veces se va la luz y los vecinos se asoman por el hueco de la escalera. En los balcones aúllan los perros cuando suena una sirena. El grito de un hombre. El alarido interminable. Porque en la noche hay gritos y solicitudes. El fantasma está allí para apaciguar y ocultar al fantasma de la noche. Yo vi la inicial y la sombra y pago por ello.

Al verme pulverizado y tentando al vacío, mis nervios no se conmovieron ante el afán de venganza o el esperado derrumbe. Mi efervescente Día de Mañana era un chiste malo, el día del Watusi una simpleza patética y el Día a Día la vigilancia macabra, la alarma constante del nadador sin orillas; pero bajo la hojarasca del proyecto de vida mal concebido y peor ejecutado, seguían palpitando mis auténticos rasgos de carácter: la ilusión, el exasperado instinto de supervivencia y una cobardía a prueba de bomba. Conforme a eso, durante los años siguientes, quizá fui perezoso y desde luego insensible. Aunque hubo algo más.

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